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Opinión

El cortado

Por Daniel Vallés Turmo

Terraza de un bar junto al río Isábena. Escuchando el mismo rumor del agua que pudo escuchar el conde Ramón hace once siglos, porque sigue siendo el mismo río vivo.

Mantengo conversación con un joven que vive en uno de sus pueblos. Se dedica a la ganadería, específicamente a la gestación y cría de terneros para su engorde posterior en estabulación.

Aunque aún quedan vacas y ovejas en el valle, son muy pocas comparadas con las que había hace 70 años cuando todos los pueblos estaban llenos de gente y en la Sierra de Sis apacentaban miles de cabezas.

Precisamente por esta actividad ganadera, muchos de estos pueblos estaban asentados a mitad ladera, en vez del valle, por razones históricas de defensa, pero también por la cercanía de los pastos.

Me cuenta como su abuelo fue el primero en establecer la casa en el barrio junto a la carretera y que, después, le fueron siguiendo otros vecinos. Lo mismo sucedió en otros pueblos de valle.

En los años 50 del siglo pasado, los camiones que subían a vender y tomar encargos se quedaban en la carretera. Con sus potentes bocinas y los perros que acudían a los pueblos a avisar, atraían la atención de los vecinos.

En esa década y las dos siguientes, se fueron despoblando los pueblos. Muchos de los nacidos que se fueron han rehecho su casa para vacaciones y algunos han vuelto tras su jubilación.

En verano, parte del valle parece que está vivo, pero en el otoño queda patente la despoblación y el envejecimiento. Cada nuevo nacimiento es festejado con alegría por todos los habitantes.

Muchos de sus habitantes siguen dedicados a la ganadería y la agricultura, mientras que el sector turístico va despegando poco a poco, dado el alto valor paisajístico y arquitectónico de su entorno.

Casa El Peix fue el pionero hace más de 100 años cuando comenzó con su posada junto al puente y, décadas después, se trasladó junto al río donde está actualmente. Desde entonces han ido creciendo el número de establecimientos.

Roda de Isábena y La Puebla de Roda es donde más ha habido este crecimiento, pero también en lugares esparcidos como son Casa Colomina y Casa La Cuadreta; ésta última junto al monasterio de Obarra.

La mejora de las vías de comunicación está ayudando a que el turista pueda acceder fácilmente. Muy importante ha sido la mejora de la carretera hacia Campo por Las Vilas del Turbón.

Pero, igualmente, estas buenas comunicaciones son muy importantes para mejorar la calidad de vida de los habitantes del valle para poderse desplazar de manera rápida y segura para acceder a los servicios de poblaciones más grandes.

Y, de la misma forma, la necesidad de relacionarse con otras personas. Mi compañero de café, me comenta a qué localidades va para tomarse un cortado. Algo que sería cotidiano en una ciudad, no lo es tanto, cuando vives en una aldea del Pirineo.

Los pueblos que me comenta se encuentran a más de 30 kilómetros de distancia, pero gracias al coche y a las buenas comunicaciones, es un recorrido que se hace en apenas media hora.

Tradicionalmente, las festividades a lo largo del año y la visita a los parientes de las aldeas próximas creaban un entramado social que permitía el satisfacer las necesidades de socialización.

Es necesario recrear ese dinamismo social que había en estos pueblos del Pirineo que les permitía ser sostenibles económica, pero también humanamente. Para ello, es preciso que quienes vivimos en las ciudades comprendamos esa necesidad.

En los destinos de montaña muy turísticos es muy dificil que el visitante pueda tener esa percepción debido a la masificación. La relación con los vecinos es meramente una transacción económica.

Sin embargo, en valles como el del Isábena sí es posible que el visitante tenga una relación directa con las personas que viven en su entorno, produciéndose un enriquecimiento mutuo.

Acabamos de tomar el cortado tras un rato de charrada. Él se va a comer y yo vuelvo a casa tras realizar una excursión. Vuelvo a escuchar el rumor del río que enmascara todos los demás sonidos.

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