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Cultura

Elogio a la chireta, reseña de un libro muy nuestro

Viajar al pasado no siempre es bueno. Y sin embargo hoy os invito a viajar al pasado, a un pasado casi reciente, a un pasado cercano. Tan cercano que una no ha quitado aun su sonrisa de la cara tras el bonito viaje.

Mi medio de transporte favorito es la lectura y esta vez me lleva  a Barbastro… A mi Barbastro iba a escribir, pero no. Me lleva al Barbastro de mamá y los yayos. Ayer comenzó mi ruta y hoy ha concluido. He subido en “la burreta” para recordar un Barbastro que nunca vi. O tal vez sí lo vi con los ojos de mi madre, Inés, y por eso lo recuerdo.

Y es la lectura, El elogio de la chireta de Idelfonso García-Serena, la que me lleva, y como lleva, queridos lectores. Como me guía a través del relato corto por este recorrido de los Escolapios a los Jardinetes, trayendo a mi memoria recuerdos de juventud, de Floresta y pipas.

Componen este libro 12 relatos muy nuestros… No es un libro de cocina, nos avisa el autor, pese al título, y pese a traer en su interior manjares somontaneros tan ricos como desconocidos, por desgracia para ellos, para el resto de España. Nuestras chiretas, tortetas (qué divertido texto nos narra Idelfonso en torno a esta delicia libro-elogio-de-la-chireta-ildefonso-garcia-serenaque tanto disfrutábamos de niños) y uno de mis favoritos, los crespillos…

“Quizás la sabiduría popular tiene mucha razón en ser discreta, y protege la pureza de sus productos. Hay cosas de las que cuanto menos se hable, mejor”

Pero no se queda García-Serena en la gastronomía del Barranqué. Complementa nuestro paseo con relatos que parten de los Escolapios y el recuerdo del Profesor Aniquino, tan moderno, con esa desobediencia y un leve resquicio de clasismo, avanzan por los puestecitos de El manazas y la Mujereta y nos llevan a recordar que Barbastro tuvo el mejor profesor de matemáticas de la provincia de Huesca.

La profesionalidad narrativa del autor es indiscutible. Prosa sencilla, fácil y amena, llena de humor y nostalgia, y un pequeño aderezo de crítica, tan suave que apenas lo nota el lector en el paladar pero ahí queda…

Pasear por el viejo Coso de estas páginas nos trae a la mente los jóvenes que fuimos, pese a que en mi mente vive el recuerdo de otro coso con otros comercios, con otras diversiones (el salón Universo de Yayé) pero también con el olor del Victoria, con los diminutivos en nuestras palabras, con la estación de autobuses al fondo.

 

Y es que, vividos o no, estos relatos nos transportan (en autobús o en burreta, elijan ustedes el medio) a otra España, tanto si paseaste por el coso como si no lo hiciste… Porque en mi casa si había televisión, no como en la de Idelfonso, pero era en blanco y negro, y con este libro he recordado como nos asomábamos a la ventana para ver en color, en el aparato de la casa de enfrente, los goles de la selección (que entonces no era la roja, porque muchos la veíamos en el tono oscuro que nos daba la escala de grises televisiva).

Una buena lectura. Un elogio a nuestra tierra. Una marcha preciosa por las personas que fuimos, en la que el gran protagonista es nuestro querido Barbastro, pero en la que aparecen personas, casi personajes, a los que tenemos cariño: En dibujante Tran o el todo terreno Ángel Huguet, siempre corriendo tras la noticia.

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