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Opinión

Oclocracia

Por Javier Hernández Cordero
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La palabrita se las trae, el término tiene bemoles y la forma en la que lo descubrí, una de esas curiosas anécdotas que uno se lleva con agrado de este valle de lágrimas.

Reconozco que no la conocía, y tuvo que ser mi buen amigo Antonio, del que por prudencia no daré más detalles y a quién dedico estas palabras, quien, de repente, me la descubrió entre plato y plato de una agradable comida.

Dediqué el resto de la tarde a leer sobre ella.

La oclocracia fue definida por Polibio ya en el siglo segundo a.C. (siempre según la visión aristotélica) como una de las tres formas en las que puede degenerar la democracia, a saber, tiranía, oligarquía y oclocracia.

De las tres, esta última, el gobierno de los demagogos en nombre de la muchedumbre, es la que más me llama la atención, por las similitudes con las fórmulas usadas por personajes patrios y allende los mares con las que toca lidiarnos la comida cada día a golpe de telediario.

Desde hace aproximadamente un lustro, avispados figurones intentan vendernos lo que el marketing político ha dado en llamar nueva política, que no es más que viejas y rancias formas de practicarla, con una cuidada presentación, puesta en escena y aireo generoso en redes sociales, sostenida, de manera mesiánica, por el oclócrata de turno, el amado líder, oportuno charlatán que siempre encuentra quién le escuche.

Como buena degeneración democrática, la oclocracia se sustenta en dos pilares básicos, el oclócrata y la muchedumbre (no confundir con el demócrata y el pueblo), con los que estos dos conceptos no tienen absolutamente nada que ver.

Así, la oclocracia se basa en la figura de un caudillo carismático (seguro que se les viene uno o varios a la mente), capaz de engatusar a la muchedumbre, rendida a sus pies, a quien promete saciar sus necesidades, incluso las más básicas, apelando a sus sentimientos más primarios para mantener su adhesión, sabedor que las limitaciones culturales, sociales y económicas que denuncia son su mejor herramienta. Por eso, a pesar de parecer combativo con ellas, las fomenta y las dilata en el tiempo cuando llega al poder.

Desde esta posición, la muchedumbre, convencida por el oclócrata, cree que su situación personal y social mejora, aunque en realidad sucede todo lo contrario. Se hunde.

El oclócrata guía sus pasos y ejerce su política desde la demagogia más absoluta. Lucha por la conquista y el mantenimiento del poder a toda costa, sin dudar, para ello, del uso de todo tipo de recursos, por abyectos que estos sean.

Recurrirá a la búsqueda de culpables, a la promoción de fanatismos, de nacionalismos exacerbados, fomentará miedos, inventará discriminaciones, descalificará a sus opositores, sembrará de inquietudes cualquier pacífica convivencia social, sin dudar en el uso del discurso exacerbado, beligerante y soez.

Todo vale con tal de lograr y mantener el control absoluto.

Frente a él, la muchedumbre fascinada, creerá en la ficción de que es ella la que ejerce realmente el poder, que es el pueblo quién gobierna y no aquellos otros a los que el oclócrata descalifica permanentemente, los políticos, como si él mismo no perteneciese a esos a los que denomina casta.

Poco a poco, el oclócrata se siente legitimado por la voluntad desnaturalizada de la muchedumbre a quién ha hecho creer que la voluntad de muchos es finalmente la voluntad de todos.

Cuando se llega a este punto, la situación es difícilmente reversible sin que se produzcan daños, lo que le sirve al oclócrata para seguir envenenando y engañando a la multitud en el intento de legitimarse aún más. Todo vale, excepto el reconocimiento de que es él y son sus políticas las que han llevado la situación al límite.

Algunos lo llaman populismo.

Hablando con mi amigo del tema, multitud de oclócratas llamaban a las puertas de mi mente, con su verbo encendido, con su falta de escrúpulos y su supuesta superioridad moral.

No es necesario imaginarlos, ya los tenemos aquí, tienen cara, nombre y apellidos y frente a ellos no queda otra que luchar, democráticamente, por desenmascáralos, por mostrar al pueblo que nadie tiene derecho a tratarlos como muchedumbre y por dejar bien claro que no son la solución, sino el problema.

Cuanto antes nos demos cuenta de ello, mejor nos irá a todos, sí, a todos.

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2 Comments

  1. Acertado e ilustrativo artículo, muy apropiado para éstos tiempos que nos toca vivir. Algún que otro oclócrata de ésos hay por aquí, lástima que la muchedumbre no sepa o no quiera verlo. Claro que aquí, cabe aplicar aquello de, tenemos lo que nos merecemos.

  2. Ahora lo pillo: cuando es Donald Trump el elegido se llama democracia y cuando es Ada Colau estamos hablando de oclocracia. Nunca termina uno de aprender.

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