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Opinión

Gruñidos 2.0

Por Javier Hernández Cordero
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El ser humano es social por naturaleza.

Impulsado por esta cualidad, el hombre ha sido capaz de desarrollar la capacidad de comunicarse con sus semejantes a través de la historia; desde los primitivos gestos hasta los actuales lenguajes, pasando por sonidos, gruñidos y demás estadios intermedios para llegar a lo que hoy en día constituye la comunicación verbal.

Es precisamente ese último avance evolutivo, la comunicación verbal, un aspecto fundamental en el desarrollo humano, gracias al cual, hemos superado aquella primitiva fase de señas y bufidos para poder expresar, gracias al lenguaje, sentimientos, ideas y opiniones que nos distinguen del resto del género animal.

O por lo menos eso pensábamos.

Porque, a pesar de que la evolución sigue, en algunos casos la usamos paradójicamente para retroceder, utilizando las modernas técnicas que nos brinda la sociedad actual para retrotraernos al lejano momento cavernario, del que parece que nos resistimos al salir.

Y es que por mucho que seamos capaces de expresar y múltiples sean las formas que tenemos de hacerlo, nos resistimos al gruñido y al rebuzno, quizá por una oculta rémora en nuestro cerebro, pero lo cierto es que así es.

De manera que no dudamos en usar lo más novedoso para continuar con ese atávico afán del ser humano de comunicarse con sus iguales a través del sonido y la expresión gutural, idioma natural cuando de exhalar odio se trata.

 

Y para ello, las novísimas redes sociales se han revelado como el medio más idóneo y eficaz. Gran invento.

Máximo exponente de la comunicación humana hasta la fecha, nos permiten la interacción a niveles impensables hasta ahora, aunque claro, descendientes como somos de aquellos neandertales, es mucho pedir que nos resistamos a usar la comunicación rebuznil (permítanme el palabro) de vez en cuando, por muy moderno y novedoso que sea el medio.

Sólo así se entiende que, figuras y personajes como la celebérrima tuitera Cassandra haya utilizado las redes sociales para insultar, herir y dañar, a personas, Instituciones, vivos, muertos y mediopensionistas sin el menor atisbo de pudor ni piedad, hasta el punto de llegar a escandalizarse cuando, judicialmente, se le ha afeado la conducta.

Minutos de gloria ganados a base de odio y desprecio.

Blanco de sus incomprensibles iras, filias y fobias, ha hecho escarnio, befa y mofa de cosas delicadas como la muerte y el terrorismo, a menudo unidas en nuestro pasado reciente y despreciadas por personajes como este, siempre atentos a la actualidad para machacar a quienes no piensan o sienten (odio) como ellos.

Ni siquiera la muerte salva a nadie de sufrir el escarnio biliar de estos valientes. Al contrario, escondidos tras un cobarde anonimato, o aún sin él, y seguros tras una interpretación extremista de la libertad de expresión, son capaces de decir, a través de las redes sociales lo que probablemente no tendrían valor para hacer a la cara.

Los casos de Bimba Bosé o de la recientemente fallecida Carmen Chacón son un buen ejemplo de quienes se felicitan de la muerte de personas, y se retratan vilmente con extrema crueldad cuando desean la muerte del niño cuyo único delito era querer ser torero o se alegran cuando sucede, como sucedió con el malogrado Víctor Barrio.

Casos no tan extremos se repiten a diario en las redes sociales; grupos, partidos políticos o empresarios de éxito, como Amancio Ortega, son blanco habitual de quienes, a base de gruñidos 2.0, no hacen más que empujarnos a un pasado cavernario al que tienen una sospechosa querencia.

Sospechosa porque frente a esta sinrazón, no faltan quienes defienden el insulto más cruel hasta el punto de pedir su despenalización, aduciendo un supuesto humor, negro como sus corazones, que hiere, duele, huele y solo merece un castigo legal incomprensible para algunos.

Claro que, cuando el insulto o la frase hiriente es contra ellos, no dudan en rasgarse las vestiduras y revolcarse por el suelo, pidiendo justicia, una justicia inexistente si finalmente llegaran a salirse con la suya y sacasen de las normas penales este tipo de actitudes.

Paradojas de la vida.

No son capaces de verlo, quizá sea pedir demasiado a las brigadas de chistosos que tienen en el odio y la confrontación su principal y único hábitat natural.

Siglos de convivencia para acabar acatando lo que nos dicen los que no saben convivir.

Milenios de evolución para seguir gruñendo.

         

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1 Comment

  1. Como bien dices amigo Javier, es parte del mérito de nuestra evolución este mal vicio de hablar y hablar…aunque no sepamos ni siquiera de que.
    Se puede expresar una opinión sin atentar contra la libertad del otro. De hecho,creo muy útil e interesante tener muchos amigos con ideas dispares a las propias, porque debatir siempre es enriquecerse y rodearse de bufones que dicen SI a todo, no es otra cosa que la práctica habitual en muchas canchas políticas en la actualidad (quizá sea por eso su completo parón evolucional).
    Yo quiero quitarle peso a la acción de esa persona,a la cual quizá sólo se le deba juzgar por no saber interpretar la historia. Es joven, ya se dará cuenta que para cambiar el mundo,no hace falta gritar…sino susurrar con razón.
    Lo útil de la comunicación y lo que nos define como seres humanos, es la capacidad de hablar (como bien dices), ya que nos permite transmitir conocimientos y advertir de errores a las generaciones venideras…esa es la teoría…pero algo esta fallando en la teoría de Darwin. ..porque seguimos tropezando en la misma piedra del odio, la venganza y el pisar a otros para subir un peldaño. Quizá estemos en “la era de la involución social”, espero que no.

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