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Opinión

El paseo del tonto

Por Javier Hernández Cordero
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Viernes, hoy es el día grande.

Ha puesto la gasolina justa, tampoco tiene para mucho más, el coche sólo ha necesitado un poco de agua, ni siquiera jabón porque solo acumula una capa de polvo casi imperceptible. Prácticamente listo.

Lleva esperando una semana y la impaciencia se nota en cuanto arranca el motor y pisa el acelerador, en seco, sin marcha engranada, a fondo, hasta la zona roja del rango de revoluciones del motor. Los vecinos del garaje son los primeros en enterarse, por el ruido y las vibraciones, de que el recorrido está a punto de comenzar.

Con un bramido, el motor transmite hasta el último tramo del tubo de escape el rugido artificial del vehículo, un pequeño utilitario convenientemente disfrazado para que parezca solo digno de ser conducido por las expertas manos de un piloto profesional.

Conduce por el garaje hasta la salida, como un gladiador que se dirige a la arena, ansioso de recibir el respaldo de la masa y seguro de su victoria.

Comienza la ruta.

Las calles se suceden una tras otra a ritmo de una música machacona y a todo volumen que le va dictando los acelerones y frenadas, tan frecuentes e inconvenientes como necesarios para que su presencia no pase inadvertida al resto de los (pobres) mortales que arrastran su condición de peatones o conductores de vehículos sin alma, identidad propia y sin claxon, que esa es otra.

Cada cierto tiempo, al vislumbrar a un amigo, conocido, a una pibita o simplemente porque le sale de ahí toca con estruendo la bocina para saludar. A veces incluso se para a charlar con otro espécimen de su clase, el tunero, con quien intercambia opiniones que la música no le deja oír o simplemente para saludarse.

Lo de menos es que ralentice o llegue a paralizar el tráfico. Que esperen, es mi día. Ahora mando yo.

De nuevo viernes.

Paco sale de casa consciente de que para él es el peor día de la semana para circular por las calles de la ciudad, para pasear o simplemente para tomarse algo en una terraza sin tener que aguantar y sortear una manada de estúpidos pilotos que, a bordo de vehículos de segunda mano modificados a base de plástico con más recursos que gusto y que han conocido tiempos mejores, dedican parte de la mañana y la totalidad de la tarde a molestar y poner en riesgo al resto, circulando por las calles como si del mismísimo Mónaco, en fin de semana de Gran Premio se tratase.

Música a todo volumen, motores rugiendo de manera adulterada y una velocidad impropia para las vías urbanas, toman las calles, aceras y rotondas en un esperpéntico desfile de pilotos todo a cien y aprendices (malos) de Fernando Alonso buscando su minuto de gloria, que poco más se llevan después de malgastar tiempo, dinero y recursos a lo largo de toda una tarde al tiempo que ponen en peligro a más de uno.

Estúpidos niñatos que creen estar por encima de la ley, mirando a sus representantes por encima del hombro y que no dudan en ir a llorar dónde sea (empezando por papá y mamá) cuando una más que merecida multa pone a cada cual en su sitio.

Y aún hay quien les hace caso, que esa es otra.

Estas son las dos visiones de una situación cotidiana, aunque está claro que realidad no hay más que una y da la razón a Paco cuando se queja de los viernes y su impenitente procesión de tontainas con coches de plástico, 5€ de gas oíl que dan para lo que dan, muchas ínfulas y muy poca educación.

Viernes, el día de las carreras en circuito urbano; el día de los sobresaltos.

Hoy de nuevo es viernes.

 

 

 


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4 Comments

  1. Javier , como en muchas otras ocasiones, pones el dedo en la llaga. Hay que reconocer que la caterba de tontainas y sus coches tuneados decayeron con el inicio de la crisis, a partir del 2008, sobre todo porque en el sector de la construcción, hundido , donde hubo muchos adolescente que abandonaron los estudios para ponerse a ganar a manos llenas gracias al dinero negro con que les pagaban el exceso de horas encofrando en obras. Era la consecuencia de la burbuja inmobiliaria que había explotado y llevó al paro a muchos jóvenes conductores a quienes quizá sus padres ya no podían financiar tantas tonterías. Ni que decir tiene que aún dieron más mal los adolescentes de las motos, quienes, en verano perturbaban el sueño de los ciudadanos dando mal con sus tubarros de escape libre que atronaban durante las madrugadas del verano. Se paseaban como para celebrar que en verano ya no querían recuperar sus fracasos en los estudios y además sus padres , como “premio” al abandono de la formación les obsequiaban con una moto que tenía que pasar por un taller de mécánicos irresposables que le acoplaban un dispositivo que aumentaba el nivel de ruido de su tubo de escape alcanzando casi el trueno de una moto de GP.
    Toda esta jungla de personajes incívicos que molestan con sus ruidos y músicas atronadoras podrían tener acotados sus desmanes si la policía municipal cumpliera con su misión, pero es otra historia.
    Esto que comento agradeciendo tu escrito me viene de perlas para proclamar que si el ayuntamiento no se atreve a poner coto al tráfico abundante y ruidos de esta ciudad , quizá sería hora de regular y echar, por decreto de la alcaldía, de las calles más céntricas tanto tráfico rodado devolviendo las calles a sus propietarios naturales, los ciudadanos, bien sea fomentando los desplazamientos a pie o de cualquier forma de movilidad que no molesta el paseo de los demás. Las ciudades del siglo veintiuno se están transformando para dotar a la ciudadanía de espacios urbanos libres de coches, humos y ruidos. Hay que exigir a los políticos que no se aíslen de estas nuevas dinámicas en la movilidad urbana que proliferan, en nuestro a caso,a escasos cincuenta kilómetros de Barbastro y adapten los centros históricos a la nueva cultura que fomenta el comercio de proximidad y la saludable convivencia de cuantos salen a las calles para el encuentro con los demás y no para esquivar el tráfico abusivo que ensordece o ahoga con humos y malos olores. ¡Sólo falta , encima , algún que otro tontaina con su bólido tuneado haciendo callar a su paso a todo el mundo creyendo que es por la admiración a su cacharro!.

  2. Coche grande, cerebro pequeño…esa es una norma de casi infalible acierto amigo Angel.

    Es alarmante que no se den cuenta de que es ridícula la música a todo trapo, porque un buen equipo se escucha en hermeticidad total. Es ridículo que no se den cuente que debajo de la alfombra de Ferrari que cubre su utilitario, todos sabemos que existe un pequeño motor de tractor que sirve…para lo que sirve, para desplazarnos.
    No se….supongo que es como llevar chandal y zapatos mocasin juntos…cuestión de poco gusto.

    Claro que…pensándolo bien, si durante una de esas carreras contra su propio ego que tu comentas, atropellan a alguien, siempre pueden acreditar algún tipo de discapacidad…porque normal, normal…no es ni lo que hacen, ni el objeto de circo con el que lo hacen.

    Gracias a los padres que saben educar a sus hijos, a hacerles saber lo que es respetar la vida de los demás, a no llamar la atención si no es por los méritos dignos de tal galardón, y sobre todo, gracias a los chavales que SI son normales y dan aliento de esperanza a quienes ( en ocasiones), pensamos que todo se va a la mie…

    Muy buen artículo, muy acertado y exquisitamente irónico.

  3. Y al compañero Pedro: ( Compañero de comentarios).

    Las reificaciones son la lacra del pensamiento humano. Hay que distinguir y cuidar las palabras cuando alguien se refiere a un colectivo o grupo de personas, porque gracias a dios, la diversidad, es lo que nos hace humanos.
    Y es en esa diversidad en la que yo, al menos me encuentro cuando se refieren al trabajo del cuerpo de policía local.
    Puedes tener razón en muchas ocasiones, pero no en todas. Eso seguro, porque yo no dejo esas funciones.
    Entiendo que a veces es difícil ser objetivo, pero tenlo en cuenta. Y ojo, no defiendo a mi colectivo, me defiendo a mi.
    Un saludo.

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