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Cultura

El libro de los solares, un paseo por nuestro recuerdos

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Viajar en el tiempo, cómo me gusta.

Viajar en el tiempo, sí. Volver a mi infancia. Me gusta mucho la literatura aragonesa, tiene siempre sabor a tierra. A nuestra tierra. Y me permite viajar en el tiempo… y volver a mi infancia. Ahí, a esa infancia de casa de los abuelos, de todos los primos. Confidencias, trastadas, risas. Ahí me ha llevado El libro de los solares de Alejandro Galochino. A un Aragón de los 80, supongo más que confirmo, por la similitud de lo narrado con mis propias vivencias.

“Nos zurraban en el culo con una ternura imposible, blandiendo una zapatilla de andar por casa y haciendo equilibrios para que o les entrara el fío de las baldosas por el pie descalzo.”

Galochino recorre un parte de la vida de Aragón. De la vida, no de su historia. De Zaragoza a Ansó. Y lo hace con una dulzura que enamora. Porque su prosa es pausada, detallista y personal. Te susurra mientras narra.

El libro de los solares es la historia de cualquier familia aragonesa  de hace unos 40 años. Con sus niños corriendo por los solares, entonces había muchos. Con sus salidas de colegio, solos, sin papás en la puerta, que hacían que la imaginación se disparase, y el tiempo… Porque dabas tanta vuelta que tardabas siglos en llegar a casa. Con sus rodillas raspadas y sus pantalones raídos de tanto uso. Y sobre todo, con sus pueblos.

Pueblos que tenían vida propia, y tienen, y te hacían vivir experiencias que siempre recordarás. Y eso es lo que nos narra el autor. Esa infancia y esa juventud de primer beso a escondidas.

Comienza el autor en la Zaragoza de su infancia, y de ahí a Ansó y a París. Y a través de su prosa recorres estos lugares de manera minuciosa. Con alegría a veces, con dolor otras. Y es que nuestro protagonista ha pasado por la vida casi sin encontrársela, y ahora, ya adulto, cuando vuelve la vista atrás, se topa con episodios tristes, emotivos, duros, muy duros a veces, y también felices.

Y la maestría de Alejandro consiste en contar sin afligir a sus lectores, sino más bien colocando la sonrisa de la nostalgia en su semblante. Con frases no traducidas, ni falta que hacía, en aragonés, precioso detalle, y en francés, que te sumergen más aún en el recorrido novelado.Libro de los solares, Rita Piedrafita

Prosa exquisita, grata y paciente la de Alejandro Galochino, que tan pronto me lleva a un grupo de adolescentes disfrutando de la naturaleza como a una ruta del pirineo que ansías poder recorrer.

Y París, ay, Paris… ese París que todos quisimos vivir en su momento. Una ciudad agridulce, al mismo tiempo difícil y acogedora, que supone el cambio para el narrador, ese que en primera persona nos hace viajar en el tiempo, y ese cambio es también nuestro. Que de repente recordamos cuando abandonamos el nido materno y salimos a vivir por nuestra cuenta.

Alejandro Galochino parece querer recordar nuestras vidas que también fueron suyas. O quizá, yo he querido recordar la suya que también fue mía. Imprescindible novela si eres aragonés, necesaria si no lo eres.

 


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