Opinión

Una herida que escuece

Por Pedro Solana

¡Y cómo no va a escocer esta herida…! Desde lo más profundo del corazón se debería proferir el lamento de una sociedad, la oscense, posicionada siempre en sus cánticos folklóricos desde el honor, desde la gallardía y la nobleza. De verdad …suena como un latigazo el drama vivido en Sabiñánigo hace unos días por una niña, víctima propiciatoria del lado débil de esta sociedad actual que cada día se carga más de argumentos xenófobos y racistas frente al diferente. Diferente sólo por el color de la piel. Porque coincidirán conmigo en que la pobre cría tenía un corazón idéntico al de nuestras hijas, y se educaba en un colegio público como cualquiera de nuestros hijos. Entonces… ¿Por qué ese arrebato del presunto torturador al decir que “no era de los suyos”, o por qué se le insultaba en un acoso inmisericorde desde las aulas…?. En palabras de su madre, que yo creo firmemente, se llegó a un extremo en que la pobre no quería acudir al colegio. Me van a perdonar, pero ante todo creo que hay que escuchar a la madre. A quien, para más inri, en su trabajo de hostelería en el valle del Ara la han “premiado” con un despido fulminante. Esto es un cúmulo de atrocidades que además comparten todos los telediarios nacionales tan asiduos de las tragedias amarillistas. Y cuanto más crueles, más visibilidad.

Pero esto atañe, y no sólo por cercanía, a todos nosotros. Desde el momento en que somos mudos testigos de tantos episodios y atropellos, como los que he vivido últimamente en terrenos de juego de Barbastro y Huesca durante partidos de fútbol en los que un juez de línea había sido posicionado en la banda de tribuna “para que corriera protegido del sol porque ya estaba muy moreno…” . ¡Qué vergüenza…!. Y no lo digo por el tonto que hacía la broma, sino por quienes no le hacíamos ver lo estúpido de su gracieta.

Los crímenes se cometen muchas veces por descerebrados o enfermos. Pero no han venido del espacio exterior, sino que han salido de un espacio común al que todos nos debemos y del que todos somos de alguna manera partícipes.

No voy a recurrir a excusas tan manidas como pudiera ser el señalamiento de los políticos. El mal se sitúa a veces incluso en la misma familia o entorno cercano y poco a poco se asume una idea aunque sea por omisión de respuesta.

A ver quién no sabe reconocer que una niña, en un país donde precisamente se necesitan niños porque ya casi no sabemos contribuir con hijos al sostenimiento de esta sociedad, jamás puede ser víctima de un final tan atroz sin que haya habido resortes que pudieran localizar una anomalía y así evitar su muerte. Cómo podemos observar pusilánimes el relato de una madre que no encuentra los apoyos necesarios para sacar adelante a una hija a la que se aparta, incuso en su colegio, del derecho y de alguna manera del privilegio de servir y trabajar en un futuro por su comunidad.

Cuando leí el lamento de esta madre que había denunciado el acoso que sufría su hija por parte de sus compañeros de clase y leí esos insultos referidos al color de su piel sentí que era culpable como lo somos todos. Por favor, quien tenga hijos en edad escolar no deje de inculcar que en este barco en el que todos navegamos, desde los grumetes al capitán, estamos creados para funcionar como una sola especie, la humana, y debemos saber unir nuestras manos para construir un mañana próspero, compartido y solidario.

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