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Opinión

El deshonor y la guerra

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Cuentan que cuando Neville Chamberlain volvió triunfante de Munich en 1938 tras entregar a Hitler los Sudetes–región hasta entonces pertenecientes a Checoslovaquia– en un ridículo intento de evitar una guerra inevitable aplacando las ansias expansionistas de aquél a base de políticas de apaciguamiento, Winston Churchill le espetó en el Parlamento “habéis elegido el deshonor para evitar la guerra, ahora tendréis el deshonor y la guerra”.

Tremendo. Más aún a la luz de la historia. Tremendo en el fondo y en la forma, pero así se las gastaba Churchill.

Deshonor, la palabra sabiamente elegida, hunde su raíz etimológica en el honor, de la de la que el diccionario de la Real Academia dice ser la cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo y que parece empeñada en volver a ser palabra de moda, triste pero es así.

Triste aunque viene al pelo para explicar la conducta de los antiguos dirigentes catalanes que formaban su Gobierno y la Mesa de su Parlamento. Deshonor.

Porque, aunque estuvieran equivocados­–que lo estaban–en sus ideas, planteamientos y actuaciones, el honor, a falta de la formación, experiencia y sentido común de los que hablaba la semana pasada, puede llegar a ser un excelente salvavidas sobre todo de cara a futuro, porque después de meter la pata, lo peor que le puede pasar a uno, es hacer el ridículo.

Y para eso precisamente viene muy bien el honor, para meter la pata sin caer en lo grotesco, cosa deseable cuando todo lo demás falla, cuando lo que se quiere es convertirse siquiera en mártir y no en payaso buscando la indulgencia al menos de las generaciones venideras.

Pero en la comedia bufa en la que han convertido el proceso sus ideólogos, el colofón no podía ser otro que el deshonor, estaba casi cantado, viniendo de quien viene todo este sarao: los consabidos e ilustres apellidos catalanes que lo han dirigido con mano y convicciones de goma.

El deshonor convertido en huida cobarde, en un intento de evadir la acción de una justicia que han vulnerado espantosamente y que dicen no reconocer para eludir sus consecuencias. La táctica del avestruz, pero desde Bruselas.

El deshonor de renegar y desdecirse cabizbajo, solo para evitar la prisión, de algo que ha llevado a miles de personas a creer en una arcadia feliz, entregando a cambio esfuerzos y desvelos tan equivocados como improductivos, a juzgar por los resultados.

El deshonor de ir mendigando acuerdos y coaliciones en las futuras elecciones para no diluirse, si no desaparecer cuando se ha sido fuerza hegemónica convertida ahora en caricatura de sí misma sin la menor autocrítica que, como el agua oxigenada, escuece pero sana.

El deshonor de seguir, cerrilmente, pidiendo esfuerzos a quienes han engañado todo este tiempo con el edén de barretina desde la comodidad e impunidad de un país acostumbrado a poner su ordenamiento jurídico garantista al servicio de quienes menos lo merecen.

El deshonor de ver como, quienes quedan atrás, pierden empresas, proyectos, turistas, dinero e ilusión, por el orden que a cada uno le de la gana o le importe más. La conmutativa aquí sirve igual.

El deshonor de recorrer un camino desde las más altas instancias gubernamentales a la cárcel, sin solución de continuidad.

El deshonor.

Afortunadamente, las consecuencias que Chamberlain no predijo distan mucho de ser las que se esperan del asunto catalán, en eso estamos mejor, pero lo estamos porque se ha despojado de todos sus cargos a unos políticos irresponsables que llevaban a su pueblo a un desastre seguro cuya única virtud era haber sabido adornar, profusamente y durante años, una mentira en la que muchos creían y, aunque pueda parecer increíble, todavía siguen creyendo.

Políticos que han elegido el deshonor para evitar ya no la guerra, sino para su propio confort y seguridad arriesgando así el del resto.

Políticos se arropan de una honra que no es tal, sino ficción de la misma, un traje a medida de deshonra que visten con el orgullo de quién porta harapos creyéndose ataviado con manto de armiño.

Tontos con ínfulas, matones de salón que no han sabido gestionar lo que tenían en sus manos y quieren ahora recuperar algo que no merecen porque no supieron retener.

Y mira que era fácil, el sentido común, el maldito sentido común­­–seny–que vuelve una y otra vez a llamar a la puerta esperanzado.

Podrá dejarse los nudillos en el intento, podrá llamar hasta que no quede puerta, pero será, como tantos otros, un esfuerzo en vano.

Porque los estúpidos siempre desoyen su llamada.

Nunca abren.


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