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Opinión

La nana de Solbes

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Del peregrinaje de los ex presidentes del Gobierno por la comisión de investigación sobre la crisis financiera que ha tenido lugar durante esta semana, he de reconocer que, más allá de la comparecencia, francamente mejorable en las formas de Rodrigo Rato, lo que realmente me ha revuelto las entrañas es la de Pedro Solbes, a la sazón vicepresidente segundo y ministro de Economía y Hacienda en los años en los que la crisis pasaba de la fragua al inicio de su consolidación.

En aquel momento, ya estaba clara para muchos la dimensión de la gran crisis que se avecinaba y la fuerza con la que iba, de seguro, a impactar particularmente en nuestro país por las especiales características de nuestro sector económico y financiero.

Desde numerosos ámbitos se advertía y se vaticinaba acerca de la pérdida de empleo y las consecuencias que ello conllevaría en la economía y la sociedad española, así como de las vendas con las que curar, en la medida de lo posible, una herida que debió preverse mucho tiempo atrás y sobre la que entonces ya solo se podían llevar a cabo primeros auxilios a la espera de que la infección se propagase.

Como así sucedió.

Muchos lo previeron, muchos advirtieron y muchos propusieron reformas y cambios para afrontar un vendaval económico y social que se llevó por delante la memoria reciente del estado del bienestar que muchos habíamos conocido y que tardará en volver, si es que vuelve, de la mano de una clase media en franca retirada.

Todos lo vimos menos quienes más claro y más cerca lo tenían, el entonces presidente del Gobierno —Zapatero— y su segundo de a bordo, Pedro Solbes; el hombre de los modos aterciopelados, el vicepresidente y ministro de economía al que recordaremos tanto por su gestión de la crisis como de su defensa del statu quo económico frente a Manuel Pizarro, aquél jueves 7 de febrero de 2008 en el que en entonces número dos del PP por Madrid, Pizarro, cantaba las verdades del barquero económicas a un Solbes que, por encima del interés general, no defendía su gestión, sino a su partido y que contraatacaba llamando demagogo y catastrofista a su adversario.

Un debate que, según los medios ganó Solbes y perdió Pizarro, pero en el que, en realidad los que perdimos fuimos todos los españoles ya que Solbes y sus mentiras merecieron la confianza de quienes les votaron manteniéndoles al mando de un barco que no conocían ni sabían manejar ni él ni su amigo ZP.

Eso estaba claro.

Y es ahora, bragados y malheridos después de la tempestad cuando tenemos que tragarnos al bueno del Solbes con sus modales de oso panda y una pachorra que roza la desvergüenza diciendo que sí, que se equivocó en sus predicciones y en sus actos, que quizá aquellas medidas como el ínclito Plan-E, el cheque bebe y astracanadas de similar calibre, lejos de mejorar el momento económico, sólo sirvieron para acelerar la infección de una herida que amenazaba con matar al enfermo.

Y se queda más ancho que largo, mirando al respetable, que somos todos en los ojos de los diputados (y diputadas, claro) que componen la Comisión, sabedor de que, diga lo que diga, ninguna perniciosa consecuencia va a recaer sobre su orondo y tranquilo cuerpo y que, gracias a sus formas y modales, incluso la prensa seguirá siendo benevolente con quién, como único galón de su uniforme, llevará siempre el haber sido apartado de sus cargos —con reconocimientos y parabienes—por sus melifluas objeciones a los disparates zapateriles.

Ya era tarde.

El desenlace lo conocemos todos, pertenece a la historia de España mal que nos pese, pero a quién les escribe, que ha tenido que escuchar los reproches de compañeros de partido del buenazo de Solbes que lo de la herencia recibida era poco menos que un mantra de mal gusto y sin vigencia, no les vendría mal escuchar, como acto de contrición, la comparecencia del ex vicepresidente socialista y meditar sobre ella, si les es posible, claro.

Pero lo que más me horroriza de todo es que, después de haber sorteado una crisis pavorosa que ha merecido reconocimientos internacionales, lo que queda es el trato generoso de todo aquel el sarao socialista zapateril en el que se fraguó y la inquina con la que se trata a quién nos sacó del pozo, el actual presidente Rajoy.

Lo sucedido con Solbes en la comisión es buena prueba de ello.

Como también lo es el retrato que de todo lo sucedido se hace de la sociedad española, más aún la actual, repleta de complejos y avivada de rencores que nos lastran y nos impiden avanzar en un escenario en el que, seguro, seríamos los primeros y los mejores en muchos ámbitos.

Pero preferimos dormir la siesta acunados por la nana melosa de la voz de Solbes y su relato de cómo nos llevó a la ruina.

Como los documentales de la 2.


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2 Comments

  1. Uno siempre vuelve. A los grandes. A Enric González. Porque esto solo es una triste cleptocracia llena de palmeros con un tal M.Rajoy como presidente.

    “Nuestro gran defecto es el tremendismo. Cualquier nimiedad nos pone de los nervios. Desde hace algún tiempo, por ejemplo, nos hemos apuntado a la moda de criticar a los políticos, hagan lo que hagan. Mientras escribo estas líneas, miles de ciudadanos lanzan insultos contra Josep Antoni Duran Lleida, un señor educadísimo, y contra su empresa, Unió Democràtica de Catalunya. Unió ha robado, dicen los exaltados. Bueno, sí. Como las otras empresas de su sector. No exijamos a Unió que sea menos que sus socios de Convergència Democràtica, una de las firmas punteras en el ramo del guante blanco. Ni que el PP. Ni que el PSOE.

    Para empezar, Unió ha tenido un detallazo: ya ha devuelto 300.000 de los euros robados hace casi dos décadas, y piensa añadir todavía un pico para callar bocas. Lógicamente, se queda con algo porque una cosa es tener un gesto y otra ser tonto. Añadamos que trincó de fondos públicos (que, según dijo Carmen Calvo, no son de nadie), europeos (que aún son más de nadie) y destinados a los parados (como se sabe, los parados son por definición los principales defraudadores del país).

    La gente protesta porque no compara. Y hay que comparar. Miremos cómo están los países de nuestro entorno, ateniéndonos no a la geografía, que engaña, sino a la clasificación mundial de sociedades por nivel de corrupción. España ocupa el puesto número 31. República Dominicana está en el 41. ¿Querrían vivir los protestones en la República Dominicana, un país en el que quebró fraudulentamente uno de los mayores bancos, Baninter, y hubo que esperar cuatro años a que los responsables fueran a la cárcel? ¿O en Botsuana (puesto 30), donde el paro roza el 18%, se gasta el 10% del presupuesto nacional en educación y los elefantes se dejan matar por dinero? ¿O en Mauricio (43), que además de ser un paraíso fiscal tiene las playas infestadas de cocoteros y una isla llamada Cargados Carajos?

    Bueno, vale, quizá sí valdría la pena vivir en Mauricio, Botsuana o República Dominicana.

    Valoremos entonces la delicadeza y el savoir faire de nuestros políticos. Como gestores del país han demostrado la máxima incompetencia, pero en lo suyo son finos. ¿Han puesto a alguien una pistola en el pecho? ¿Alguien ha sido asaltado en una esquina por un político? ¿Alguien tiene miedo a salir de noche por culpa de los políticos? Nada de eso. Ni pizca de violencia. De hecho, ni nos enteramos de cuando roban.

    Sobre ese punto, conviene ensalzar el civismo de La Vanguardia y El Periódico, principales diarios de Cataluña, que no pusieron en portada el asuntillo de Unió para no crear una alarma innecesaria. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¿Para qué angustiarnos? Se nota que Cataluña es diferente. Muy bien La Vanguardia y El Periódico. Y muy mal otros, acusicas y azuzadores de los peores instintos de la plebe.

    Señoras, señores, seamos serios. El país está hecho una porquería, endeudado, desindustrializado y parado. Solo nuestros políticos y nuestros banqueros (y nuestros futbolistas, pero esto no va de deportes) gozan de una merecida prosperidad y pueden competir en cualquier parte del mundo. Nosotros, siempre envidiosos, les criticamos. ¿Qué queremos? ¿Queremos que Rodrigo Rato chupe de la teta del subsidio de desempleo, como hacemos tantos? El hombre, que prefiere no vivir de la sopa boba, se busca un trabajillo en Telefónica. Y le criticamos. Igual que a Urdangarin. ¿Nos gustaría más de mantenido, como el resto de la familia? Unió trinca un dinerillo de los fondos europeos y hala, a sufrir escarnio. Yo, de mandar en Unió, el mes que viene enviaba a los protestones la factura de la suite de Duran en el Palace, por listos. ¿Qué se creen, que lo políticos no tienen gastos? Al pobre Camps casi le crucifican por unos trajes y una cosilla llamada Gürtel, y ya ven: él está de profesor en la Universidad Católica, como corresponde, y el juez que le acusó, Baltasar Garzón, en la puta calle.

    Más sensatez, conciudadanos, y menos envidia. Como dijo el rey Juan Carlos en su tradicional alocución de Nochebuena, debemos “reivindicar la política” y “evitar el pesimismo”. No desesperemos. Hay soluciones. Podemos hacernos políticos.

    O, en su defecto, emigrar a Botsuana.

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