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Contraportada

El tenis como ejemplo de desarrollo intelectual

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Una limitación de la mente para sus procesos analógicos, de encontrar nuevos datos o ideas a partir de otras ya conocidas pero no idénticas, proviene del propio instrumento que utilizamos para pensar, es decir, de las palabras y frases construidas con ellas.

Por ejemplo la frase, establecida como principio básico del deporte del tenis, de que “el primer objetivo del juego es pasar la pelota por encima de la red”. Esta frase expresa un resultado. No ayuda a pensar en la causa, ni en cómo controlar ésta. Quizás si se dijese “hacer pasar la pelota sobre la red”, la mente derivaría hacia la idea de “cómo” conseguirlo.

Más cerca aún de provocar deducciones útiles estaría la afirmación de que el primer principio del tenis es “centrar la pelota en el óvalo de la cabeza de la raqueta”, en el cordaje.

Si no consigues este factor, la pelota no pasará sobre la red ni aunque la toques a unos pocos pasos de ella. “Centrar la pelota en el cordaje” debería llevar la mente a pensar como controlar con regularidad la distancia existente entre la empuñadura de la raqueta y el cordaje, para que al mover la mano del jugador hacia el punto del espacio donde encontrará a la pelota el cordaje, la longitud de la raqueta sea una ventaja (fuerza, potencia, efecto) y no un inconveniente,… como a menudo lo es y no sólo para jugadores ocasionales.

Ejemplos de que una cosa es “conocer” los elementos involucrados en una acción, y otra muy distinta “comprender” cómo actúan esos elementos, se ven a cientos y no sólo en el tenis. Sin comprender bien, tanto “realizar” como “controlar” un gesto, es bastante aleatorio.

Quizás alguien recuerde a Coria, un tenista argentino de la élite mundial. Su técnica de golpeo le otorgaba la superioridad necesaria para compensar su baja estatura y poca fortaleza física. Su táctica dependía bastante de un primer servicio muy angulado, muy abierto hacia el exterior de la pista en el lado de iguales. El año en que los fabricantes de pelotas de tenis redujeron drásticamente el rebote, su servicio perdió por completo su eficacia. Buscando consejo de pretendidos expertos (en la escuela norte-americana, con profesionales de la tierra batida retirados) sólo consiguió obtener un promedio de catorce “dobles faltas” por partido (dos sets rápidos y a la ducha, por supuesto), frustrando sus esfuerzos por permanecer en la élite y acelerando su retirada de la competición.

¿Por qué? Porque nadie (yo tampoco, por circunstancias) le sugirió siquiera que pasaría anatómicamente con una nueva forma de empuñar la raqueta, ni le aconsejó las ideas en que debía pensar para dirigir su cuerpo mientras su mente y su condicionamiento nervioso director de los movimientos reflejos se adecuaba a otros nuevos. Otros movimientos parecidos pero para nada iguales a los que durante más de veinte años había realizado, inconscientemente en la mayoría de sus reales parámetros. O sea, que no pudo aún por sí mismo, comparar fundamentos elementales de su coordinación anatómica. Este desconocimiento de la propia técnica es mucho más común de lo que puede pensarse para una actividad que genera tanto dinero, y ¿motivación por mejorar?

 

Cada cuál hace lo que le va bien para meter la pelota en la pista. Normalmente lo más fácil, lo que le otorga mayor regularidad. Y las limitaciones no las percibe como tales. Qué pueda ver cómo otros hacen “lo mismo” de maneras diferentes no le parece un dato a analizar y aprender de la comparativa algo más sobre sí mismo. Una comparativa de bases que se cree conocer pero cientos de ejemplos como el relatado demuestran también la superficialidad de esos “conocimientos”.

Y motivación no les falta a muchos. Entonces, ¿cómo es posible que Cilic, sin haber cambiado nada de su técnica, se “olvide” de lo más elemental en una final de Wimbledon? Ni él, ni su entorno, tienen un conocimiento adecuado de lo que hay que considerar básico a nivel técnico, o un gesto de recuerdo hubiese bastado. El problema está en la mente, en la forma en que la mente trabaja.

Sin desvelar lo que nadie ve, intentaré despertar las corrientes nerviosas de las frecuencias y longitudes de onda adecuadas al mejor empleo de los “ladrillos” orgánicos en la mente de los interesados (recuérdese el articulo anterior).


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