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Contraportada

Aprender a usar ideas ajenas

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Nuestra humanidad debe desarrollar sus facultades para sentirse “realizada”. Algunas son fáciles de usar desde el principio; otras no es nada evidente como funcionan. Necesitamos ayuda.

Aprender a usar ideas ajenas requiere algún entrenamiento. Nuestra mente es perezosa y más aún en la era digital. A muchos jóvenes les falta vocabulario (palabras) y su comprensión de los conceptos es rutinaria. Leer algo atrayente, que concentre la atención y se recuerde, ayuda. Y si la lectura dirige la curiosidad a nuevos temas, mejor aún (literatura de ficción, Julio Verne, o Harry Potter, por ejemplo)

Utilizar una idea no necesita conocer todos los elementos que la han generado. Pero ayudaría bastante. Aunque una idea se considere propia, no es seguro conocer sus fundamentos. Puede haber surgido sin razonamiento de éstos; puede ser idea ajena, memoria olvidada de anteriores lecturas o enseñanzas, que aparece en la mente sin recuerdo de su adquisición; puede haberse razonado correctamente a partir de bases que tengan muy poca relación con ella, que cuando ocurre esto se constata que nuestra mente trabaja con un inconsciente muy amplio que aprovecha cualquier sugerencia para llevar la conciencia por el “buen camino”.

Pero, en todo caso, actuar y pensar sobre lo que se está haciendo es el único camino para utilizar con confianza y seguridad algo.

La propia mente, con su actitud, acepta o rechaza lo que conoce. Y cuando se cree conocer ya algo de un tema, toda nueva idea se interpreta desde ese pedestal, a menudo con autosuficiencia.

¿Lo sabemos todo de nuestra mente y sus reacciones? ¿Por qué es un dicho popular el que “si quieres esconder algo valioso a miradas ajenas es mejor no ocultarlo? Porque lo cotidiano, habitual, familiar, no atrae la atención. Ya se sabe todo de ello. Hasta puede “no verse”.

La frase “lo que no se ve” necesita aclaración. Puede ser algo que todo el mundo puede ver, pero que permanece oculto a los “ojos de su mente”, es decir, que la interpretación es errónea o muy limitada para la complejidad intrínseca a “lo que se ve”, o puede ser algo que realmente no se vea más que con esos ojos mentales, es decir, que deba deducirse con la actividad mental consciente.

Esto último se recrea en bastante literatura que denominaríamos filosófica, referente al desarrollo de facultades humanas aletargadas, y puede ilustrarse con una imagen que quedará fácilmente gravada en la mente de muchos lectores. En la tercera entrega cinematográfica de la serie “Indiana Jones”, en un momento decisivo de la trama, el camino está cortado por un abismo “insondable”. Sin embargo, la intuición del arqueólogo (quizás abonada por densos estudios previos), le lleva a buscar un modo de pasar por alto el problema y descubre, con más fe que otra cosa, un puente sólido que “no se ve” pero está ahí.

Desde el punto de vista filosófico el ejemplo no es perfecto, pues el abismo de la película si se ve, mientras que en la realidad a la que se refiere este detalle, en el proceso de conocimiento de uno mismo inherente al trabajo filosófico, lo que se debe deducir antes que nada es la existencia del abismo, pues “no se ve” en sí mismo.

Esta aclaración se dirige a estudiosos del tema y, alardes de filosofía aparte, es poco práctica, pero nunca sabes quién podrá acceder a leer esas palabras y regurgitar su recuerdo cuando se encuentre en la situación de hacerlas útiles.

He dicho que trataría de reducir estos breves artículos a cuestiones prácticas, de aprovechamiento inmediato, o casi. A pesar de lo que pueda parecer, el anterior párrafo no es sólo teoría. Para poder aprovechar un instrumento, sea una idea, nuestra anatomía y fisiología, o una raqueta de tenis, hay que tener confianza en las propias facultades mentales, pues de ellas dependerá el nivel de control de nuestros actos, la adquisición de recuerdos en base a observación de consecuencias, y la progresiva “mejora” en el uso de nuestras facultades. Y antes de comprender, hay que entender como funcionan esos procesos naturales para dirigirlos según nuestros intereses. Como nadie nace enseñado, hay que comenzar por tener fe en los datos proporcionados por otros.

Para que no sea una “fe ciega”, aquí se razona la génesis de todos los datos y de los procesos fisiológicos que permiten trabajar con ellos. Es un árido terreno y quizás necesite un largo período antes de comenzar a dar fruto,… pero ¿no es el Somontano una tierra donde las vides crecen muy bien?

El riego gota a gota está permitido en algunas variedades. ¿Cómo despertar interés y motivar recuerdos y deducciones poco a poco? ¿Quizás utilizando datos que muchos aficionados ya conocen, dándoles una perspectiva diferente a la habitual?


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