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Barbastro, Opinión

Espacios públicos de liturgia

Antonio Lachós Roldán
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Existen diversos espacios de liturgia. Pueden ser una iglesia, un tozal, un verano remoto, un lupanar: hay gente pa tó. Es mi caso es un cine. Espero que, en esta sociedad de ofendidos profesionales, a nadie le ofenda esa observación. Tampoco esa realidad. 
Bien. Desde hace bastantes años intento llegar siempre que puedo a ver las películas de La mirada de Harry. Es verdadera devoción la que tengo por el cine que se aleja de las palomitas y, ejem, también por Luz de agosto, la novela de Faulkner, de William Faulkner. En la última sesión (Las distancias, de Elena Trapé) ese alejamiento no se pudo materializar: algunas personas se dedicaron a comer ostentosa y sonoramente productos alimenticios envueltos en plástico. Había ruido de bolsas, de papel, de desprecio hacia los demás. Se jodió la liturgia. No  fui el único. Es difícil cuestionar un acto así cuando la causa del delito había sido vendida minutos antes en el mismo lugar y no sé cual podría ser la solución. Tal vez pagar más por la entrada a la vez que se cerraba el bar y se prohibía entrar comida y bebida al lugar de culto. Tal vez.

Pero el tema es más amplío y está siendo  objeto de debate en una sociedad  que, por suerte, puede debatir sobre temas alejados de la mera supervivencia. El uso del espacio público define la relación de los individuos con su entorno y con los demás. Esto, que es una obviedad, adquiere categoría de desprecio en algunas ocasiones. Lo definía Manuel Vilas perfectamente el pasado sábado:

 “ […] Estaba asistiendo al robo del espacio público por parte de unos españoles maleducados, zafios e incluso crueles. Porque la mala educación en España es crueldad hacia el otro. Me quejé y se rieron. No entendieron que me quejase. No eran culpables de su mala educación porque no eran conscientes de que un vagón de tren es un espacio de todos. No me veían. Ni veían al resto del pasaje. Solo existían ellos en el mundo. Ellos y su crueldad hacia nosotros. No eran mala gente. Eran el eterno retorno de aquella España que nunca se fue del todo. Sentí nostalgia, incluso una negra nostalgia de mí mismo, porque de allí vengo.”

Es, en esencia, eso: la incapacidad de algunos por comprender que un cine es un espacio de todos donde la única luz debe ser la del proyector (abstenerse  también importantérrimos homo móviles) y el único sonido el de los altavoces.

Fdo.: a.l.r.


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2 Comments

  1. Tocas algo que yo vengo denunciando hace mucho tiempo, en especial la iluminación con el uso del móvil que rompe la exclusiva luz de la pantalla. Es un problema de educación, de mala educación como la que sufrimos al ir a un restaurante y estar incómodos por los gritos y aullidos de la mesa cercana. Al final se van las ganas…
    Habría que hacer un estudio económico sobre la influencia de la mala educación en el consumo de algunos servicios. En lo que respecta a la restauración incide muchísimo en mi respuesta.

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