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Huesca, Ronda de Relatos

Dédalo en su laberinto

Por Susana Diez de la Cortina

Algo le dice que ha llegado el momento de derribar esos muros. Recuerda lo que le predijo años atrás la echadora de cartas: los muros que levantas serán tu propia cárcel, porque ya no podrás derribarlos desde dentro, y tendrás que aceptar la ayuda que un día venga de fuera”. Repasa sobre el papel los dédalos que ha diseñado mentalmente, imagina el periplo por cada recoveco. Sabe cómo crear desorientación, cómo despistar. Dibuja laberintos y otros pasatiempos para la revista ilustrada de un diario dominical de su provincia desde hace varios años. Desnorta, confunde, guía en falso. Tal es su inclinación, y tal su ocupación. Nadie ha podido llegar hasta él, ni en la vida personal ni en el trabajo. Las líneas rectas, la dirección, no son más que una ilusión; el mundo real, un trampantojo. Quienes quisieron dirigirse directamente a él no le encontraron, equivocaron los pasos, y se perdieron. Hubo un tiempo en el que aquellas maniobras le producían satisfacción, le hacían sentir seguro. Atrincherado. Pero desde hace meses el joven del quiosco le mira tan profundamente que se siente desnudo, como si le estuviera viendo a través de unos muros transparentes, hechos de agua. “Dédalo construyó el laberinto de Creta para encerrar al monstruo, el Minotauro, pero fue condenado a quedar encerrado él también, a fin de que no pudiera revelar el secreto de su construcción a nadie”, le soltó de sopetón el muchacho un domingo; y al otro: “Borges decía que el mayor laberinto es el desierto”. Desde entonces, siente su corazón aprisionado, estériles sus afanes, desierto el mundo seguro que ha creado. Domingo tras domingo le compra los diarios al joven que le ha enseñado a ver su laberinto desde fuera, y hace mucho que evita pagarle con el dinero justo porque, al darle el cambio, junto con las monedas el quiosquero pone en su mano una caricia, y el estremecimiento que le causa le aprovisiona de felicidad la semana completa. Para el último número de la revista que ahora está a punto de salir, antes de las vacaciones de verano, el diseñador de laberintos ha creado una intrincada red de pasadizos en los que todos sin excepción conducen a la salida. Y todos son entrada. No es tarde aún para nada, se dice, no es tan difícil ser de nuevo libre, salir del laberinto de los miedos. La ilusión engañosa de la seguridad da paso a un sueño abierto de esperanza. La libertad consiste simplemente en caminar desde su casa hasta el quiosco para contemplar cómo el chico ha completado con un bolígrafo sobre la página del dominical todos los recorridos que conducen a la salida, para sonreír y para, al fin, decirle: “Voy de viaje al desierto este verano. En el nombre de Borges: ¡ven conmigo!”.

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