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Huesca, Ronda de Relatos

Reseña sobre “La pierna ortopédica de Rimbaud” de José Luis Gracia Mosteo, primer premio “Melaza” de poesía 2018

Por SUSANA DIEZ DE LA CORTINA MONTEMAYOR ---- El escritor aragonés José Luis Gracia Mosteo (Calatorao, 1957) recibió en 2018 el primer premio de poesía “Melaza” que otorga el Ayuntamiento de Salobreña por su libro “La pierna ortopédica de Rimbaud”, en el que, a la manera de Dante en la “Divina Comedia”, a lo largo de treinta y tres poemas enjuicia a otros tantos poetas, pintores, novelistas, filósofos, cineastas e incluso a sí mismo, enviandolos al Cielo, el Purgatorio o el Infierno “por haber vivido como lo han hecho”

Tuve ocasión de asistir, hace unas semanas, a la presentación del libro en el Ateneo de Madrid, y tras las elogiosas palabras para nuestro escritor del presidente de la Sección de Literatura de esta institución, Aarón García Peña, el propio autor se encargó de decirnos que, pese a encontrarse allí vivito y coleando, se había mandado a sí mismo al Cielo. Hipocresía, ninguna; ironía y humor, a espuertas. Lo que el lector no sabe hasta que se adentra en la lectura del libro es que la principal razón para enviarse a sí mismo el Cielo es la de volver a compartir espacio con su padre, al que describe como un hombre “amable/ pero poco comunicativo, un hombre/ que había nacido en los Pirineos/ y bajó al valle donde se casó/ y murió sin hacer apenas ruido”[1], evocando una conversación con él a propósito del asesinato de Kennedy, cuando el autor contaba solo seis años de edad:

Ahora, tantos años después de la muerte
de Kennedy, miro a mi padre que viaja
a mi lado sin hacer ruido, miro
los campos de Calatorao y pienso
que él sí que era el más poderoso del mundo.
(Gracia Mosteo, 2018:64)

Viajar eternamente con el hombre más poderoso del mundo, el músico que vivió sin hacer ruido, bien vale el esfuerzo en esta vida de procurar a toda costa ir al Cielo. Y sin embargo, la eternidad se reinterpreta en clave de mecánica cuántica, y la realidad y la ficción, el sueño y la vigilia, la finitud e infinitud, el tiempo y el espacio (“la edad me ha descubierto que el calendario/es un laberinto donde se puede/uno perder”[2]) desdibujan sus límites en una poesía que, sin perder de vista su herencia clásica, se zambulle en la más absoluta modernidad:

SCHRÖDINGER NO ES SCHRÖDINGER
La realidad es una ficción,
no estamos más vivos que los héroes
de los libros; no somos distintos
a ellos ni tampoco más concretos.
Hasta el momento en que comprobamos
la realidad compartida, ser
y no ser son verdaderos. Eso es
la mecánica cuántica. Solo entonces
se puede descartar lo que no es cierto.
Mientras tanto, son igualmente reales
una y otra, ambas posibilidades.
Esa persona que un día amamos
y que no nos quiso más que en sueños,
sí nos quiso. Esa otra que ya no está
y con la que sueñas, sigue existiendo.
Es la paradoja de la caja y el gato:
yo estoy aquí pero fallecí en Viena
de tuberculosis; estoy contigo
y en Alpbach enterrado. Los autores
que leemos, están aunque se fueron.
La realidad es una ficción,
es lo mismo estar vivo o estar muerto;
Dios es un lector transformado en libro,
alguien que confunde fuera y dentro.

(Gracia Mosteo, 2018:60)

Poesía intelectual, metaliteraria, crítica, llena de admiración pero también de ironía, y sin embargo ‘sentida’ en el doble significado de plena de sentido y de sentimiento. El último poema, que cierra el libro, es muy significativo. Dedicado al poeta y gran fotógrafo José Verón (Calatayud, 1946), de él nos dice Gracia Mosteo: “Poeta de la vida sencilla. Su poesía resulta imprescindible para conocer la sensibilidad de los que siguen el ejemplo de Marcial y Fray Luis de León”[3]. Y, claro, manda su fantasma literario al Cielo. Aquí les dejo ese último poema del libro, a modo de resumen de una obra cuyo contenido provoca múltiples sugerencias ya desde su mismo título:

EPÍLOGO: EL ESPÍRITU DE VERÓN
Dicen los discípulos de Platón
que llevamos el cielo y el infierno.
Contesta Aristóteles que la idea
no nos guía al conocimiento,
sino la experiencia, ese vehículo
que conduce al edén o el abismo.
Digo yo que Pessoa y Laforgue,
Scott Fitzgerald y Stevenson,
además de Verón, son mis virgilios,
ellos, sus novelas y poemas.
Dicen los discípulos de Platón
que llevamos el cielo y el infierno:
digo yo que el mal lo cantó Rimbaud,
el bien, Verón en sus versos:
el campo, el sol que nace
y el paso lento del tiempo.

(Gracia Mosteo, 2018:67)

[1] Gracia Mosteo, 2018:63-64

[2] Gracia Mosteo, 2018:61-62

[3] Gracia Mosteo, 2018:75

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