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Huesca, Ronda de Relatos

Hojas y plumas

Por Susana de la Cortina Montemayor

Morfológicamente, hay una gran similitud entre las hojas y las plumas, iba yo pensando el pasado domingo mientras visitaba la Feria MADbird situada bajo los grandes árboles del Paseo del Prado. Elementos volátiles y aéreos, tienen en común que se sujetan al cuerpo al que pertenecen por un delgado extremo, el pecíolo en la hoja o el cálamo en la pluma, y ambos, curiosamente también, participan de una misma condición: la de ser instrumentos que sirven para escribir.

Hojas y plumas son las herramientas de trabajo de quienes escribimos, y con tantas plumas y ramas y pájaros y hojas como se veían en la feria madrileña, estando ya en las vísperas de la festividad de San Antonio (santo escriturero donde los haya, cuyos atributos principales son la vara de azucenas, el Niño y, precisamente, un libro) no me podía quitar de la cabeza la melodía de uno de los romances tradicionales de milagros más simpático de los que yo tengo noticia que han llegado a nuestros días, el conocido como “Romance de San Antonio y los pajaritos”[1]. Y si ha logrado llegar a nuestros días desde el medievo es, en parte, porque pasó al repertorio de canciones infantiles, puesto que el milagro relatado es uno de los primeros que realizó el santo, a la edad de ocho años, y contiene una de esas enumeraciones interminables con las que los niños ejercitaban antiguamente la memoria cantando:

Padre mío san Antonio,
suplicad al Dios inmenso
que con su gracia divina
alumbre mi entendimiento

para que mi lengua
refiera el milagro
que en el huerto obraste
de edad de ocho años.

Desde niño fue criado
con mucho temor de Dios,
de sus padres estimado
y del mundo admiración.

Fue caritativo
y perseguidor
de todo enemigo
con mucho rigor.

Su padre era un caballero
cristiano, honrado y prudente,
que mantenía su casa
con el sudor de su frente.

Y tenía un huerto
donde recogía
cosechas y frutos
que el tiempo traía.

Por la mañana, un domingo,
como siempre acostumbraba,
se marchó su padre a misa
cosa que nunca olvidaba.

Y le dice: «Antonio,
ven acá, hijo amado,
escucha que tengo
que darte un recado.

Mientras que yo estoy en misa,
gran cuidado has de tener,
mira que los pajaritos
todo lo echan a perder.

Entran en el huerto
pican el sembrado,
por eso te advierto
que tengas cuidado».

Cuando se ausentó su padre
y a la iglesia se marchó,
Antonio quedó cuidando
y a los pájaros llamó:

«Venid, pajaritos,
no entréis en sembrados,
que mi padre ha dicho
que tenga cuidado.

Para que mejor yo pueda
cumplir con mi obligación
voy a encerraros a todos
dentro de esta habitación».

Y los pajaritos
entrar les mandabas
y ellos muy humildes
en el cuarto entraban.

Por aquellas cercanías
ningún pájaro quedó,
porque todos acudieron
cuando Antonio les llamó.

Lleno de alegría,
san Antonio estaba,
y los pajaritos
alegres cantaban.

Cuando se acercó su padre,
luego les mandó callar;
llegó su padre a la puerta
y comenzó a preguntar:

«Ven acá, Antonito;
dime, hijito amado,
¿de los pajarillos
qué tal has cuidado?»

El niño le contestó:
«Padre, no tenga cuidado
que, para que no hagan mal,
todos los tengo encerrados».

El padre que vio
milagro tan grande
al señor obispo
trató de avisarle.

Acudió el señor obispo
con gran acompañamiento
quedando todos confusos
al ver tan grande portento.

Abrieron ventanas,
puertas a la par,
por ver si las aves
se quieren marchar.

Antonio les dice entonces:
«Señores, nadie se agravie,
los pájaros no se marchan
hasta que yo no lo mande».

Se puso en la puerta
y les dijo así:
«Ea, pajaritos,
ya podéis salir.

Salgan cigüeñas con orden,
águilas, grullas y garzas,
avutardas, gavilanes,
lechuzas, mochuelos y grajas.

Salgan las urracas,
tórtolas, perdices,
palomas, gorriones
y las codornices.

Salga el cucu y el milano,
zorzal, patos, y andarríos,
canarios y ruiseñores,
tordos, jilgueros y mirlos.

Salgan verderones
y las cardelinas,
también conjugadas
y las golondrinas».

Al instante que salieron
todos juntitos se ponen,
escuchando a san Antonio
para ver lo que dispone.

Antonio les dice:
«No entréis en sembrado,
marchad por los montes,
los riscos y prados».

Al tiempo de alzar el vuelo
cantan con dulce alegría,
despidiéndose de Antonio
y su ilustre compañía.

El señor obispo,
al ver tal milagro,
por diversas partes
mandó publicarlo.

Antonio bendito,
por tu intercesión
todos merezcamos
la eterna mansión.

(Versión de Siero de la Reina, León, vista en el blog “Literatura y otros mundos”)

Normalmente nunca faltó a la Ermita de San Antonio de La Florida el 13 de junio por varias razones, aparte de por la simpatía que le tengo al santo de las hojas y las plumas, al santo escribidor: porque es la primera verbena del año, porque es en el distrito de Madrid donde yo vivo y, como aragonesa, porque es en la ermita decorada por el pintor aragonés por excelencia, Goya. Y por si todo eso no fuera suficiente, mi nombre es en hebreo el de las flores blancas que porta el santo en la mano. ¿Puede haber más coincidencias? Sí: este año, me toca estar en otra ciudad por cosas académicas, lo que debo a la intermediación de mi querido profesor de Teoría de la Literatura, cuyo nombre es, precisamente, Antonio; y en esa ciudad es donde vive también un tío paterno mío…  ¿adivinan cómo se llama? Pues sí: Antonio. A él, y a todos los afortunados por llevar ese nombre, muchas felicidades.

[1] La melodía tradicional de este romance se puede escuchar en una versión de una informante palentina, recopilada por Joaquín Díaz en 1981: https://www.corpusdeliteraturaoral.es/Archivo-Sonoro/romancero/san-antonio-y-los-p%C3%A1jaros-26?fbclid=IwAR0N-LabnjNJPJ3vMW2r1CmWSK6S52KT6uV0riMZd6-IsYp5IlDm6JkB1xk

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