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Huesca, Opinión

El árbol aragonés

Por Susana Diez de la Cortina Montemayor
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Aunque dentro de la región avance el desierto de la despoblación, algunas de las autoridades encargadas de recibir a los casi 2000 aragoneses de la diáspora que se habían dado cita en Huesca los pasados días 29 y 30 de junio declararon que el árbol aragonés es grande y frondoso y tiene muchas ramas, refiriéndose así a los 47 centros aragoneses que acudieron al XLI Encuentro de Comunidades Aragonesas en el Exterior.

Las carrascas de la Plaza de la Catedral de Huesca donde estaba convocada la primera reunión del encuentro dieron cobijo a los recién llegados en una tarde tórrida en la que el Cierzo parecía haberse vuelto Ábrego, el caluroso viento africano. Además de “coger un capazo” (expresión típicamente oscense proveniente de “capacear”, que según la RAE consiste en “detenerse con frecuencia en la calle para hablar con las personas”) y de extasiarnos con la belleza del románico (con el resultado de haber puesto en peligro en un par de ocasiones la puntualidad de la comitiva) hablamos mucho de árboles. No sólo de la carrasca, símbolo típicamente aragonés por serlo también del escudo del Sobrarbe, sino de otros árboles singulares aragoneses, como la secuoya de Daroca, a la que un rayo restó parte de la imponente altura de su copa sin llegar a tumbarla, o como el hoy comunal enebro de Sabiñán, el pueblo de mi querida compañera de viaje y directiva de la Casa de Aragón en Madrid, Pilar García Barra, con quien comparto, entre otras muchas cosas quizás de más calado intelectual pero no de mayor importancia,  un constante  y fructífero intercambio de pequeños saberes tradicionales que hacen más sanas las mermeladas caseras, más fáciles de conservar los productos de la huerta o más sostenible y eficiente el riego por goteo.

Olivos de vieja estirpe o altos pinos montaraces, generosos frutales o árboles de concejo ante los que incluso los reyes de la antigüedad estaban obligados a someter sus juramentos, los árboles aragoneses nos recuerdan, con la rotunda verdad de su existencia, que las ramas pueden crecer hacia afuera y alejarse del tronco, pero haciéndolo ensanchan el ámbito de su influencia y hospitalaria sombra, dando cabida a todos. Ya lo dice el refrán: “Al que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.


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