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Huesca, Ronda de Relatos

Las puras coincidencias

Por Susana Diez de la Cortina Montemayor

El universo cabe en una hoja y en una hoja caben muchos versos, que es como decir muchas verdades, según esa opinión tan generalizada -que no comparto- que presupone a los versos autenticidad, veracidad, sinceridad. Todo en la poesía es sospechoso de autobiografismo, mucho más que en los géneros narrativos. Los novelistas suelen quitarse el sambenito de lo autobiográfico con la muletilla de que “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”, pero no se nos acepta a los poetas la misma alegación. Las puras coincidencias de la literatura y lo real son tenidas en poesía por una forma mágica de lazo que, sin embargo, embrollan malamente en ocasiones algunos lectores, sin que el autor pueda defenderse. La mayoría de mis poemas tienen tanto de autobiográfico como las fábulas de Samaniego, pero lo que voy a contar a continuación, aunque parezca sacado del universo enredoso de la ficción, sí que es absolutamente verídico: hablaré hoy de cómo la hoja de mi libro “Mutaciones”, metáfora de la intrusión en la vida diurna de los sueños inspirada en la mitología aborigen australiana, acabó por trasponer a la realidad su mensaje.

No se podan los árboles en verano, eso lo sabe cualquiera. Darek llegó en agosto y en sus brazos de atleta la anacrónica motosierra parecía tan manejable como un abrelatas eléctrico, pero yo sabía muy bien que pesaba tanto como lo que era, una herramienta de verdugo con la que se iba a ejecutar la sentencia contra el peor de mis pecados: la soberbia.

Porque no fue otra la causa de que cayera mi árbol preferido, el más alto de mis paraísos, del que me sentía tan orgullosa precisamente porque, años antes, tras haber perdido parte de su copa, (unos dicen que por el chispazo eléctrico de una tormenta, otros que desgajada por un vendaval) había logrado verticalizar echando una fuerte y recta rama con la que se elevó por más de diez metros, cielo arriba. Me enorgullecían tanto su fuerza regeneradora, su altura, sus flores, su sombra y su rumor de hojas, que no tuve la sensatez de podar las peligrosas ramas que empezaron a inclinarse hacia la casa sobre un tronco sufrido que apenas podía ya con ellas.

Descuidé la poda de mis árboles durante varios años, los mismos que dediqué al estudio de otros árboles míticos, como el que tenía Innana junto al Éufrates, habitado por Lilith, según se relata en el cantar de Gilgamesh, o el Árbol de la Vida, expresión de la unión filogenética de cuantos seres vivos pueblan la Tierra. Escribí también mucho sobre ello.

Ya se sabe que la realidad supera a la ficción, porque, de hecho, los mundos inventados de la literatura se sujetan a la verosimilitud aristotélica, mientras que en muchos aspectos lo real resulta bastante inverosímil. Escribí incansablemente sobre árboles de ficción, viví dentro mismo de la ficción imaginando la existencia en África de un árbol que me era necesario conocer para completar mi libro Mutaciones, hasta el punto de haberle hecho a un amigo que viajó allí el insólito encargo de traerme una hoja africana; aun sin ella, llegó el momento de dar por terminado el poemario y lo entregué a la editorial, pensando que, de ese modo, la cuestión del árbol imaginario había terminado. Nada más lejos de la realidad. Unas semanas más tarde hice un viaje a Málaga, relacionado con una larga investigación gramatical sobre los relatos de sueños y el verbo soñar, y allí pude ver unos extraños árboles, llamados de palo borracho, que adornaban unos jardines del Palmeral de las Sorpresas cercano al puerto. Era ya de noche, la mayoría estaban apuntalados, y bajo la luz tenue de las farolas conformaban un paisaje más propio de los sueños que de la realidad. Pocos días después, de viaje por Marruecos, visitando un antiguo riad  de Marrakech reformado bajo el nombre de El Jardín Secreto, justo el último día de estancia en aquel país, volví a ver aquellos mismos árboles de Málaga, en un jardín exótico sobre el que un audiovisual informaba que se trataba de árboles botella, que habían sido traídos de Australia surcando los mares, y plantados durante la noche para que no sufrieran por el calor. ¡Árboles australianos, en África, y plantados de noche!, es decir, en el Tiempo del Sueño de la mitología aborigen. Con la mayor delicadeza, como si se tratase de un tesoro, cogí y guardé una de las hojas caídas al pie del árbol botella. Como toda botella traída por las olas, tenía que contener algún mensaje… ¡y me tenía que volver a Madrid unas horas más tarde sin saber cuál era ese mensaje! Pero había encontrado la hoja australiana del Tiempo del Sueño en África, ¡la tenía!, y ya podía comenzar otro viaje: un nuevo libro. Eso pensaba.

Pasé unos días, como suelo, cerca del río Eume y recogí, como suelo también, unas hojas de laurel de sus fragas (nunca se sabe cuándo va a ser necesario quemar hojas de laurel), todo según lo acostumbrado, salvo que esta vez hubo eclipse de sol. De vuelta a Madrid, tras pasar unas notas que había tomado de un libro de Andrés Trapiello leído durante las vacaciones (“Los maestros murieron, nuestros árboles”, decía el verso en cuestión) me fui al campo y encontré caído el gran árbol del paraíso sobre la casa, con el segundo eclipse de julio, esta vez de luna. “Un mes con dos eclipses”, me dije a mí misma, allí, sola delante de la hecatombe, “tiene que influir forzosamente sobre el curso de las cosas”. ¿A quién pides ayuda, en plenas vacaciones de verano y en mitad del campo, en un lugar donde ni siquiera llega bien la señal de teléfono, para que te retire del tejado un árbol que pesa una tonelada? Puse un mensaje grupal con las palabras “Necesito ayuda” bajo la foto del desastre, y la obtuve rápidamente: esa misma tarde mis hermanos y mis cuñados con sus familias  acudieron, trayendo cuerdas, escaleras y herramientas, para talar y retirar el tronco desgajado, que quedó caído sin más percances en medio del jardín.

Allí lo tuve que dejar, pues me tenía que ir al Pirineo de Huesca para asistir a un curso sobre la poética de personajes de ficción relacionados con el mundo de la noche, como las brujas, los vampiros y los hombres lobo (y también es casualidad que descubriese un par de días antes que su director, el excelente poeta y catedrático de literatura de la Universidad de Zaragoza Alberto Montaner, es el hermano de un amigo con el que acababa de ver Il Trovatore de Verdi en el Teatro Real, y con quien estaba a la sazón comentando la tétrica escenografía de la quema de brujas, los aparecidos y otros elementos mágicos de esta obra). Ya en Jaca, mientras paseaba por el tramo del Camino de Santiago que atraviesa aquella ciudad, me di de bruces con un crucero junto al que  estuvo en otros tiempos situado un gran olmo, al que mató la grafiosis, conocido como El árbol de la Salud por el reparador y curativo efecto de su sombra sobre los peregrinos que por allí pasaron durante siglos. “Otro de nuestros maestros muerto, señor Trapiello”, pensé sorprendida.

El árbol que encontré en Marrakech y que había visto unos días antes en Málaga, el que intuía que estaba en África, por lo que le pedí a aquel amigo viajero que me trajera de allí una hoja, era en realidad un árbol de Australia, del país cuya mitología aborigen había inspirado mi libro “Mutaciones”.  Efectivamente me estaba esperando en África. Había sido llevado hasta allí en barco y plantado de noche, mientras se sueña, y tuve que ir yo misma para saber, el último día de viaje y apenas unas horas antes de mi vuelta, cómo se llamaba ese árbol, recoger una hoja y hacerle algunas fotos a su tronco y su copa. Guardé la hoja como un tesoro buscado afanosamente, pero el tesoro no estaba en la hoja. Los tesoros no se buscan, aparecen. El mensaje que contenía el árbol botella decía que lo importante no es la hoja, sino el árbol. Y esto solo lo comprendí cuando, para rematar la ayuda de mi familia, llegó Darek, con su amistad y su prudente poda (que habrá de evitar nuevas muertes de nuestros maestros) y supe lo que su nombre significa: “el poder de la tribu”.

 

 

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