Monzón, Opinión

Menas

Por Rafa Caballero, educador social y miembro de Podemos en Monzón

Ya han pasado unos días de este 2020. Hemos dejado atrás la Navidad, los Reyes Magos y a nuestro apreciado Papa Noel. Nos hemos comprometido con los propósitos de año nuevo y ya hemos comenzado a olvidarnos de que tenemos que ser buenos para que así, sus majestades, nos traigan regalos el próximo año. Esta tradición es un pequeño aliciente con el que comenzar mi escrito. ¿Somos buenos porque a cambio tenemos regalos? ¿Disfrazamos nuestros actos para así conseguir lo que queremos? ¿Actuamos de la misma forma en la que pensamos?

Muchas son las preguntas que mi inquieto cerebro se genera. Admito que al igual que me las pregunto, les doy respuesta. Lógicamente, mis respuestas en todo momento están impregnadas de subjetividad y de matices concedidos por mi día a día. Quizá mi personalidad sea en cierta manera pesimista o porque no decirlo, también realista. No soy yo quien tiene que responder a esa última cuestión, cada cual tiene su opinión y los fundamentos, en todo momento respetables, con los que alcanzar determinadas conclusiones.

Vivimos en una sociedad capitalizada por la economía, el valor de nuestras vidas está marcado por el dicho de “tanto tengo, tanto valgo”. El hecho de ir a merced del viento económico nos obliga a crear egoísmos o egoístas por milímetro cuadrado. Al igual que he nombrado la palabra “egoísmo”, podría nombrar el término “olvido”. Hace ya mucho que, creo, nos hemos olvidado de que no somos el ombligo del mundo y que tampoco la tierra gira alrededor de nosotros. Generalizo para no particularizar. No quiero que se malinterpreten mis palabras. Solo es un pensamiento transcrito en un documento Word de ordenador.

Hablo de egoísmo y de olvido porque creo que se nos ha olvidado lo verdaderamente importante. Lo importante y por lo tanto lo más respetable de la sociedad son las personas. Todas y cada una de ellas son el resultado de nuestras interacciones, de nuestra educación, de nuestro comportamiento. Existen prioridades y jerarquías, pero en ningún caso deben estar por encima de los individuos. Nacemos para convivir, no para hacernos millonarios o para portarnos bien a cambio de un juguete.

La convivencia habla de relación y a la vez, destacaría, que habla de respeto. En ningún caso existe algún determinado matiz que indique que la convivencia solo se puede dar entre personas de la misma raza, entre seres de la misma religión… Destacaría la anterior palabra para así dar comienzo al grueso de mi artículo de opinión.

Considero que se ha desvanecido o se ha corrompido el significado original de este término. En pleno siglo XXI existen comportamientos o actitudes que reniegan de ello. Aún así, estas actuaciones están enmascaradas por palabras o frases que lo único que consiguen es enjuiciar y estigmatizar. Se acaba sembrando el odio y aniquilando la convivencia. Todos hemos escuchado alguna vez que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad o lo que es lo mismo, en ocasiones, las mentiras acaban siendo un dogma con el que crear una determinada ideología y un determinado pensamiento.

Por ejemplo, existe una tendencia o una creencia que indica que los MENAS, son menores ilegales y que por lo tanto residen en nuestro país de la misma manera. Esa afirmación es una mentira generalizada. Estos menores no acompañados residentes en España, por el mero hecho de ser menores, son tutelados por la administración pública desde el momento en el que ponen un pie en nuestro país.

No tenemos que olvidar que estos menores no acompañados están solos. Creo que no me equivoco si generalizo lo siguiente, a nadie le gustaría estar solo y menos siendo menor. Que levante la mano la persona que nunca ha tenido miedo. Estos menores no “abandonan” a su familia o a su tierra porque si. Estos menores lo único que pretender es huir, es dejar atrás el horror de una guerra o la pobreza de una tierra. Pobreza, por otro lado, impuesta por la balanza de la globalidad. Para que unos vayan bien, otros tienen que ir mal. Difícilmente se pueda alcanzar un equilibrio global si no existe un determinado compromiso.

El ruido siempre se escucha más que el silencio y con esta metáfora quiero expresar que se escucha más o tiene mayor repercusión todo aquel comportamiento que difiere o atenta contra las leyes socialmente aceptadas entre todos. Todo individuo tiene derechos y obligaciones, en ningún caso tiene que haber personas que tengan más, ni personas que tengan menos. Las leyes están hechas para cumplirse y para que perdure el respeto entre todos y que no se contradiga en ningún caso las leyes o derechos existentes. Cualquier signo o actuación ilegal tiene que obtener la respuesta de nuestra legalidad. En muchas ocasiones, la problemática es que existen unos recursos limitados que impiden trabajar de la mejor forma posible. No podemos pedir la consecución de unos objetivos si no existen unas prestaciones acordes a los mismos. Sin recursos es muy difícil trabajar y eso bien lo sabemos los educadores sociales. No podemos abarcar más de lo que nos permiten nuestras posibilidades. Tenemos un margen de actuación.

Apostemos por la educación y por el desarrollo en valores. Alejar cualquier tipo de violencia y por supuesto condenar toda aquella que pueda llegar a suceder. No se me olvida lo sucedido en el centro de Hortaleza. Mientras se reniega de todo aquello y de todas aquellas personas que hay dentro del centro, desde fuera se tira un artefacto con destino al mismo. ¿Realmente esa es la solución? Hace falta una educación general y una concienciación global. Lo raro o lo controvertido no siempre es lo de los demás. Todos somos participes de lo que sucede. No hay que olvidar que la educación, los valores y el aprendizaje se adquiere en todos los lugares, en todas las interacciones y en todos los contextos.

Muchas son las veces en las que pienso que todos deberíamos ser niños o que por lo menos, jamás nos tendría que abandonar el germen de la inocencia. Que bonito es ver a los más pequeños jugando con sus amigos, catalogados como tal por ellos mismos. Para ellos, todos son amigos. No existe diferenciación entre ellos por ningún motivo. Les admiro. Nunca deberíamos dejar de ser niños, pero como eso es imposible, aprendamos de ellos.

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2 Comments

  1. Tengo muchísimos recuerdos de mi infancia que ha sido la época más feliz de mi vida. Pero no comparto la última afirmación siguiente: “Para ellos, todos son amigos. No existe diferenciación entre ellos por ningún motivo. Les admiro. Nunca deberíamos dejar de ser niños, pero como eso es imposible, aprendamos de ellos.”
    En mi infancia teníamos amigos y enemigos, como en toda la vida misma. Los del barrio de las casas baratas peleábamos contra la calle de Benasque, con arcos y flechas de afilada punta metálica… y contra la calle de San Hipólito. Tirachinas, pedradas, espadas de madera… así transcurrió nuestra infancia.
    No creo que los adultos debamos aprender mucho de los niños, sino al revés, ellos de nuestra experiencia y del modo en que salimos de la barbarie. Y además con una educación rígida y exigente. Como dijo Chesterton : No puede haber una educación libre porque si la dejamos libre no es educación.
    Y esto nada tiene que ver con el capitalismo, ni con la balanza global de que los ricos necesitan que otros sean pobres… etc.

  2. Hola Blas, en primer lugar me gustaría agradecer tu lectura, así como tu posterior comentario.

    A lo que me refería en la última parte del artículo era que los niños en el momento en el que ya han dado comienzo al juego se consideran “amigos”. No hablaba en sentido literal, si no que pretendía hacer una pequeña comparativa mediante esa metáfora. Pretendía explicar que los niños no realizan juicios de valor previo a cualquier tipo de interacción. Ellos simplemente juegan (Por supuesto que no siempre juegan. También se pelean.)

    A su vez, mencioné a los niños porque considero, en base a mi experiencia, que ellos dan prioridad al juego, al divertimento y no a posiciones más políticas o de rechazo. Por supuesto que no tenemos que aprender de todo lo que hacen, si no que ahí es donde entra nuestro espíritu crítico para comprender qué es lo que debemos aprender y que no.

    Por otro lado, creo que es vital y muy enriquecedor aprender de los niños, al igual que lo es a la inversa. La educación y el aprendizaje tiene que ser en todo momento reciproco. La dirección de “origen-destino” del aprendizaje o de la educación no tiene que ser elemento de discrepancia o de duda. Creo que lo importante es que exista esa transmisión de educación, valores y comportamiento, independientemente de la procedencia.

    Un saludo y gracias de nuevo.

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