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General, Opinión

Cuaderno de notas

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Miré el cuaderno callado sobre el secreter y comprendí que yo también debía una explicación. El olor a cuero que sentí alpuerta cogerlo me llevó de inmediato a Toulouse y pensé: ésa es la clave. No tardé en empezar a escribir. Escribía para María, porque mi hija tenía derecho a saber la verdad:

«María, con todo mi corazón, para cuando te llegue el momento de leer esto porque yo ya no pueda contártelo. Esta historia es toda para ti y te la voy a relatar desde el principio:

Un telegrama llamó a mi puerta. Me urgía a llegarme a Toulouse para resolver los papeles de una herencia que habían puesto en mis manos. Firmé al cartero y el golpe al cerrar fue como una aldaba que desencadenó el viaje más asombroso de mi vida.
Tenía 24 años y era huérfana desde pequeña. Mis padres murieron en accidente a mis 6 años. Por eso, no acertaba a desenredar el hilo que me unía a esa señora Bescós de Toulouse, la que me hacía marchar hacia Francia. Me sentía como una veleta que por efecto del viento de la sorpresa sólo enfocaba hacia el norte. Ese norte donde había una incógnita cuyo misterio necesitaba traspasar. Hasta tal grado estaba trastocada que me invadió un fuerte vértigo. Era como si un agujero de profundidad infinita y de oscuridad completa me abdujera. Subir al autobús en Barbastro intensificó mi sensación de caer sin freno por ese agujero inquietante. El viaje iba a ser largo por lo heroico del trayecto y por la ansiedad que me producía el pensar lo que descubriría al llegar a Toulouse. Aún así una mano intangible me arrastraba de modo imparable.
El recorrido me dejó como huella unos hitos resumidos en aldabonazos que aún recuerdo: la incomodidad, la somnolencia, el registro en la frontera y el resplandor de la ciudad de Toulouse, a la que llegamos al amanecer de un día de pleno verano. Al pisar tierra traté de insuflarme calma, lo que conseguí en cierto modo dando unos paseos por el centro. El día despertaba mediterráneamente y yo buscaba con gestos y papeles la dirección que señalaba mi destino. No tardé en plantarme delante. Era una casa de dos plantas vestida de ladrillo rosado, tan generalizado en el casco antiguo de la ciudad. En el portal rutilaba el timbre de un abogado cuyo nombre coincidía con el de mi telegrama. No pude esperar y lo hice sonar. Al poco se abrió la puerta y por fin me topé cara a cara con quien esperaba que fuera el oráculo de mis enigmas.
Mr. Perez era un abogado francés que, para mi suerte, provenía de una familia española exiliada durante la guerra civil. Digo suerte porque hablaba el español, con lo que la conversación fue directa y sin equívocos. En síntesis, Marie Bescós, de apellido inapelablemente oscense, había determinado en su testamento dejarme su casa. También me dejaba totalmente perpleja, porque desconocía del todo a esa señora. El abogado me había aclarado su paso a Francia tras la guerra civil, donde rehizo su vida, aunque sin casarse, ni tener hijos. Siempre vivió sola. Y en sus últimas voluntades, para mi asombro, se había acordado de mí.
Todo era tan incomprensible que por instantes creí que esta aventura me sumergía en una sensación bipolar de consciencia e inconsciencia. Me quedaba mucho por saber, pero debía empezar por conocer la casa que desde ahora me pertenecía.
Muy amable, Mr. Perez me acercó en su coche. Era una casa aislada, cerca del Garona, fuera de la aglomeración del centro de Toulouse. Llegados a la puerta me tendió la llave con una sonrisa y se despidió. La escrupulosa politesse del francés decidió cuándo era el momento de dejarme sola ante la caja de sorpresas que me tocaba destapar.

La puerta cedió sin esfuerzo, en contraposición a lo que a mí me estaba costando dar ese paso. Dejé que se abriera de par en par y permanecí petrificada en el umbral. Mientras, el intercambio del aire exterior con el de la casa hizo que unas sensaciones conocidas me devolvieran a mi mundo. Había en aquel espacio un olor a hogar conocido, una carga para los sentidos que me hizo encontrar seguridad para continuar. Todo estaba en su sitio y no faltaba nada esencial, de tal modo que parecía que la dueña acababa de salir a comprar. Con la curiosidad de una furtiva fui indagando recodo a recodo de la vivienda. Despojada de la ansiedad de la incógnita inicial, me acerqué a un ventanal en el dormitorio principal. Estaba en una esquina de la estancia donde se habían dispuesto una mesa y una silla de modo que le daba todo el aspecto de un lugar de lectura, de reposo en las horas tardías. Al llegar a la mesa la mirada perdida entre tanta sorpresa se focalizó en un libro. Estaba en el borde más próximo a la silla y parecía llamarme a gritos. No estaba ya para sigilos y lo arrebaté de su cómodo apoyo sobre el mantelito. Lo abrí y el vértigo me invadió de nuevo al leer en su primera página:

– Querida María, esperaba tu llegada. Quiero que leas esto para que me conozcas y te reconozcas a través de mí, aunque los años hayan pasado y la memoria sea víctima del silencio.

Me sobrevino una sensación de ahogo y una urgencia por leer todo lo que aquel libro contenía. Ese era el misterio que me había puesto alas. Era la atracción fatal que me había traído ciega y maniatada hasta allí. Contuve la respiración y pasé la página.
La lectura me dejó clavada en la silla. Cada pasaje, cada detalle de la narración me atravesaba como un filo cortante. La descripción era tan detallada que fue un escalofrío de principio a fin. Nunca una lectura había retenido mi atención como entonces. Crucé las páginas a galope recreando las escenas que se narraban a modo de autobiografía. Al acabar quedé exhausta, cubierta de sudor y de lágrimas.
Toda mi vida se había revolucionado como si un torbellino me hubiera pasado por encima. Con el máximo cuidado cerré la puerta y dejé Toulouse con el libro de Marie Bescós apretado entre mis brazos contra el pecho.»
El día del funeral había sido muy duro y penoso. Pero eso era ayer. Para hoy tocaba recobrar la calma, el descanso y poner orden en todas las cosas que le pertenecían. Al ser su única hija no tendría que pelearme con nadie, en contrapartida estaba sola para organizar el espacio físico y emocional de aquella casa donde aún se oían ecos de mi madre. Soy persona meticulosa, en eso me parecía a ella, igual estaba escrito en nuestro nombre común María, quizá no. Con todo el cuidado que supe tener para prevenir sobresaltos del recuerdo fui repasando las habitaciones y seleccionando las cosas de toda una vida que contenía aquella casa. Sólo quedaba su dormitorio. Entré con algo de temor porque la imagen de sus últimas horas en aquella cama aún brotaba fresca en la esquina del dolor. Había que hacerlo y di un paso adentro.
Topé con un cuaderno de notas de tapas de cuero. Estaba en la estantería en un lado poco visible. Al abrirlo saltaron unas hojas manuscritas de mamá que empezaban así:
«María, con todo mi corazón, para cuando te llegue el momento de leer esto porque yo ya no pueda contártelo. Esta historia es toda para ti y te la voy a relatar desde el principio».
Creo que el corazón me dejó de bombear en ese instante y la respiración se me quedó helada en la caja torácica. ¿Qué misterio iba a descubrir?
Leí de corrido las dos hojas de mi madre y después sin parar todo el diario de Marie Bescós. ¿Por qué no habría querido contármelo ella en persona? Ahora era una historia que me quemaba en la sangre, pero con la que sólo podía rehacer un pasado sin arreglo.
Pegada con celo en la última página había una llave que indicaba una dirección de Toulouse, la casa de Marie.

Miro al mundo desde el porche de Marie Bescós y quiero pensar que su vida fue llevadera aquí, en el exilio de esta ciudad, sin dejar de sentir ese dolor pegado a la piel que produce la distancia. Pienso en María, mi madre, y tengo por seguro que al leer el diario debió sentir una convulsión. Mi mirada es más sosegada. Han pasado 70 años de aquello y el peso de la historia es para mí más leve. Todo y así me recreo sentándome junto al ventanal del dormitorio, cerrando los ojos, oliendo el aire cargado de amor y desespero.
Mi vida había recibido una descarga, como si al abrirse una puerta oculta, dejara a la luz sus entrañas. Era mi familia, su historia, pero para mí sólo la memoria de algo lejano y sin remedio. Con el máximo cuidado cerré la puerta y partí de Toulouse con el libro de Marie Bescós apretado entre mis brazos contra el pecho.


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